En una esquina ventosa, una familia colombiana horneaba arepas a leña cuando falló la electricidad del mercado. Dibujamos en el mapa el punto de calor y solidaridad; muchos volvieron la semana siguiente solo para agradecer. Pequeños milagros culinarios merecen coordenadas visibles y memoria compartida entre visitantes fieles.
Una vendedora coreana marca en el mapa cuándo su lote de kimchi alcanza el punto perfecto de fermentación. Explica que esa semana usa rábanos del vecino agricultor. Al anotar fechas y proveedores, entendemos cómo el territorio conversa dentro de un frasco y enciende curiosidades generacionales.
Señalamos un carrito que tuesta microlotes y cuenta, con transparencia, rutas de pago directo a cooperativas. El mapa incorpora notas sobre altitud, variedades y perfiles sensoriales. Más que ubicaciones, son relaciones: cada sorbo recuerda manos campesinas y motiva elecciones informadas, sabrosas y sostenibles cualquier domingo.